Carta a mi futuro hijo (VI)

Barranquilla pequeño, querámoslo o no, y aúnque nos duela, es un playón. Ya te vas a ir dando cuenta, año tras año, cada que llueve torrencialmente: el arroyo más impresionante y peligroso de todos es el de la calle ochenta y cuatro, aúnque el don Juan, que la separa de la vecina Soledad, el Salao y el del Country también son temibles: Es en esos momentos, a veces cortos, fulminantes como un rayo, a veces largos, tediosos, anquilosantes, cuando los chóferes se van convenciendo de que es necesario y prudente detener los vehículos y las lenguas finas del agua se deslizan por los tejados, las paredes y los cuerpos, enmoheciendo las coyunturas de los sueños, pudriendo las raices de los pensamientos, cuando la ciudad se mece cubierta de una película oscura y sinuosa, engullida y luego regurgitada desde lo más profundo de sus caños pestilentes y arroyos tempestuosos, pero eso no le gusta mucho oírmelo decir a tus paisanos, desconociendo que, por eso mismo, fue sacada de la nada, como una mula malcriada y orgullosa, en las llamadas Barrancas de San Nicolás en la margen occidental del río Magdalena, cerca de su desembocadura en Bocas de Ceniza. No vayas a pensar que te equivocaste de ciudad si un día de estos te levantas y al abrir la puerta de casa ya no encuentras el pavimento ardiente de los encuentros de bola e trapo o chequita, sino un reguero de agua fangosa y pútrida plagada de desperdicios y vecinos imprudentes desafiando su fuerza… ¡Cuidado! Las perdidas materiales y humanas han sido incontables y no paran nunca: La única ciudad del mundo que tiene la señal de transito de arroyo peligroso, pequeño, es Barranquilla. 

Publicado en on Noviembre 14, 2007 at 3:56 pm Dejar un comentario

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