Carta a mi futuro hijo (IX)

A mi hermano – talvez se llamaba Gabriel o José, quizá Joaquín -, que no conocí, le traje un carrito de cuerdas color vino tinto, ruedas anchas y ásperas, como para rally, lámparas enormes en la delantera y unas ventanas oscuras y endebles poco antes de la guerra del golfo. Pasé los días largos y aburridos de la guerra en cama, sancochándome en una fiebre caprichosa y altanera, oportuna para presenciar en directo, por CNN, los juegos pirotécnicos y la polvareda de la operación tormenta del desierto, con la cual se hizo retroceder al ejercito iraquí de tierras kuwaitíes, sin entender mucho lo que pasaba y recordando los planes de juegos y niñerías con el hermano perdido en los laberintos del vientre materno y de la realidad difícil donde lo esperaba. Después de él vino Ángela, la inesperada chicuela convertida luego en la luz de nuestros ojos y tu niñera favorita: Terminó de aprender sus secretos de futura madre, alisándose el pelo largo y hermoso, mientras te cambiaba pañales como antes a sus muñecas de trapo y enseñaba los primeros acordes en su vieja pianola a tu primo Luis Alejandro. Varias veces que te le hiciste encima y ahora que ya te sientes hombrecito e independiente ni te acordarás. Cuando me revolcaba en la cama angosta y rígida de las fiebres de la guerra imaginaba a mi hermanito a mi lado, tirándome encima el carrito escogido con todo el cariño inocente y la emoción desbordada de los primeros siete años, pero enseguida se me dispersaban con la ventisca de la noticia las nubes tibias y refulgentes de los sueños: Aún recuerdo la mirada sin fondo de la abuela Niche, mi vieja, sentada en una esquina de la cama de sus amores y angustias, la mismas donde reza el rosario diariamente, despetalándose los rizos del pelo, enhebrando una apretada trenza negra que destejía  y volvía a tejer, cuando nos dio la noticia de su perdida y sentí que se me arrancaba algo en el fondo, donde dicen que queda el alma, y se me amontonaba en la garganta y los ojos: Sus palabras me cayeron como un escupitajo en el rostro. Lloré. No sé si con rabia o con angustia, no sé ni porqué, pero clavé el rostro en el colchón de los saltos clandestinos que nos acompañaba desde caracas y bañé el carrito de cuerdas antes de apretarlo contra mi pecho acezante, enroscado como un caracol en el regazo impotente de mi madre. No recuerdo que dijo papá ni que líneas se dibujaron en su rostro: Una mirada lo dice todo y al mismo tiempo o dice nada. Tu abuelo Pili es un hombre difícil, a veces, e imagino que debía tratar de guardar compostura para dar fuerza a su mujer y sus hijos. Menuda tarea. Ahora lo vuelvo a ver de espaldas a mi madre, mirando a ninguna parte, traspasando la pared del cuarto mientras cargaba a tu tío David Alejandro, de unos cuatro años entonces.Amé a mi hermanito en el brillo de los ojos de mamá, en las ropas diminutas y suaves que le bordaba con esmero y ansiedad, en las canciones de cuna que balbuceaba mientras cocinaba o tendía la ropa, en las pataditas que buscaba en el vientre de mami, creía que sería igual de inquieto que David, y en la risa que me causaba verla mover el abdomen como bailarina de Arabia. Lo amé en el empeño y la laboriosidad de papá, en los pasatiempos y en los dulces traídos en sus numerosos viajes, siempre guardaba unos para el hermanito que se avecinaba, en las disputas secretas con tu tío a ver quien lo cargaba primero. Lo imaginé cabalgando en las piernas y reír a carcajadas cuando papá lo rozara con su barba filuda y su aliento de campesino estudiado: El abuelo Pili en verdad puede ser citadino o pueblerino, a él le da igual. Nacido en el pueblito más viejo y largo de la costa: El de las siete iglesias y los marqueses, criado entre un desorden de burros, arrieros, vacas, chivos y bultos de maíz, fríjol y ajonjolí, con disciplina marcial y escasez de las aventuras propias de la infancia, educado en un colegio aristocrático de la engreída Cartagena y vuelto por decisión propia, con ternura y pericia, a labrar y consentir la tierra por donde el sol se le mete hasta el alma y la brisa refrescante le desordena el pelo de indio desconfiado cada amanecer luminoso y aromado frente a la ciénaga de sus sueños. La mayoría de los condiscípulos de tu abuelo paterno han tenido altos cargos en la política regional y muchos han sufrido con mayor crueldad que nosotros los estragos ominosos de la violencia: Han sido desplazados, secuestrados, asesinados algunos, despojados de sus bienes materiales y, aunque les sobre brillantez y energía a varios les ha faltado la resolución y la fortuna para poder reempezar en estas u otras tierras.Uno estudia para ver el mundo de otra forma, tener otra perspectiva, dijo un día tu abuelito, descuartizando uno de los miles de pollos que ha criado y vendido en su vida y pienso que es cierto: Que no debe hacerlo uno para más nada, aúnque muchos lo hacen buscando dinero o status. Si uno no lo hace por placer, como deben hacerse todas las cosas en la vida, se jode. Por el mero gusto de saber como funcionan las cosas y para que sirven o para que no, cambiar de peros, paras y porqués y ver un poco más allá, también más acá, de lo que pudieron los gigantes que nos heredaron este mundo. A mi hermano lo imaginé alto un día de estos, fornido, valiente y locuaz desde sus primeros años. Soñé con enseñarle secretos de la biblioteca familiar, tan grande que a veces me asustaba, hasta diluirse en una veintena de volúmenes de la enciclopedia Barsa y la Cumbre, varios manuales de medicina interna y general, dos vademécums tan viejos como el polvo y unas revistas de armas y aviones de mi tío Pom. Pensé mostrarle los mismos dibujos multicolores donde conocí cíclopes, argonautas, medusas, faraones, zares, emperadores, pirámides, torres, puentes, guepardos, ligres, estrechos, asesinos seriales, flores, detectives infalibles, gusanos, intestinos, prismas y octaedros.A veces lo recuerdo con tristeza y no entiendo como pude y puedo amarlo sin llegar siquiera a sentirlo bajo las batas de mamá: Hubiera rabiado con sus travesuras o sonreído y corrido a protegerlo o esconderle cuando no quisiera que le pasara algo malo, habríamos saltado de ramas de nísperos, naranjos, marañones o guayabos y nos hubiéramos revolcado como unos lechones en un lodazal de sonrisas abriéndoles pequeños canales a los árboles del patio, imaginándolos trincheras de una batalla sin tiros y donde los caídos de pronto saltan de nuevo planeando una emboscada de azahares y terroncitos y luego un ancho río difícil de embalsar a pesar de la pericia de los bogas y el calado de las embarcaciones, a medida que papá los fuera llenando. Le hubiera confiado mis secretos de hermano mayor, sé que me habría alcahueteado cuando, dando una vuelta por ahí, me distrajera hablando atontado con la niña que entonces me gustara y le cambiaría su silencio por otra vuelta en moto o cicla  y un raspao enorme o una coca cola y una empanada donde Juaco.Era una parte de mí y sé que él también me amó a pesar de que no pudimos disfrutarnos como quisimos, me lo ha dicho cuando ha venido a sentarse al borde de mi cama, junto a mis pies, velando mi sueño y sé que va  a estar contigo cuando yo no pueda permanecer a tu lado. Lo reconocerás sin sobresaltos, es tu sangre y esa jamás engaña pequeño.Seguro su alma era tan perfecta que sólo necesitó medio materializarse para completar esta parte del ciclo y volver donde el gran hacedor, a gozar del privilegio de su contemplación. Ahora se está sonriendo mientras te escribo estas cosas.

Publicado en on Enero 18, 2008 at 6:32 am Dejar un comentario

El URI para hacer TrackBack a esta entrada es: http://luiskramirez.wordpress.com/2008/01/18/carta-a-mi-futuro-hijo-ix/trackback/

Canal RSS de los comentarios de la entrada.

Leave a Comment