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El día que la noticia me cayó sobre el rostro, como un escupitajo, ya la presentía, al escuchar resonar de nuevo sus melodías, sin razón aparente y sentir por debajo de la lluvia de esa mañana una horfandad, un frustración, inexplicables: José Benito Barros Palomino se había ido para no volver. Punto. Y lo hizo con serenidad, estoy seguro. Sin temor, sólo con cansancio de tanto vivir para cantar.
Nos han quedado sus melodías, sus versos ¿Que me dejó tu amor, que no fueran pesares?… Sólo quedan los recuerdos en la arena, donde yace dormitando la piragua…
Poesía desenfadada, cotidiana, personal, local, en la anecdota – Se murió mi gallo tuerto, ¿qué será de mi gallina? -, pública, popular, mejor, en su difusión, humana – con el recuerdo triste de su amada, lleva su corazón lleno de frío -, desgarrada – ¡Violencia, maldita violencia! -, mítica – Por las calles de Tamalameque, dicen que sale una llorona loca -, divertida – Yo tenía mi pava echa´con huevos de pisisí, y si la pava no me da recojo mis huevos y me voy de aquí -, para no dejar perder en el limbo de la superficialidad de las musicas insulsas de tiempos recientes y evitarnos la insnesibilidad y la ramplonería a la que nos estamos acostumbrando a fuerza de dosis inmisericordes de lo mismo por los mismos…